jueves, septiembre 11, 2008

entrevista de fernando goitia, www.gloriaestefanmexico.com/blog





Treinta años y 90 millones de discos después, la ‘Madonna latina’, se despide de los escenarios. Antes de iniciar sus conciertos españoles, esta mujer que nunca ha actuado en su país, habló con XLSemanal. Cuba, el exilio, sus padres y abuelos, Miami, cómo vencer una parálisis irreversible... Descubrimos a Gloria Estefan.

El avión que llevó a Gloria Estefan de Madrid a Valencia despegó una hora antes de que el vuelo JK5022 de Spanair se estrellara en Barajas. Un día después, esta cubana de 51 años está sentada en una sala del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe. La tragedia agita su memoria y evoca la noche del 20 de marzo de 1990, cuando sintió el aliento de la muerte en el arcén de una carretera de Pensilvania. «Estaba despierta. Nevaba.» Es todo lo que recuerda. Sólo al recuperar la consciencia supo que su autobús había sido embestido por un camión. Estefan cree que quienes mueren en un accidente pierden previamente la consciencia. «Para los familiares es algo horrible, porque ya no están sus seres queridos, no sirve de mucho consuelo, pero sí les puedo decir que no sufrieron lo que imaginan que sufrieron.» Asomarse al abismo le dio a Estefan fuerzas extras, paz interior y dos barras de titanio que sostenienen desde entonces su columna vertebral.

XL. La llaman la ‘Madonna latina’, ¿le gusta el apodo?
G.E. [Se ríe] Es lindo que te digan algo así porque Ma-donna es muy grande, pero apenas sigo lo que la prensa dice sobre mí. Igual me ocurre con las actuaciones. No me gusta verme así, en público. Soy muy tímida.

XL. Es lo que dicen todos los músicos y actores, pero es difícil de creer...
G.E. De verdad se lo digo. Primero, nunca pensé en ser cantante. Estudié psicología y francés. Canto desde chiquita, pero nunca me gustó ser el centro de atención.

XL. Creo que de niña emulaba a Joselito, ¿no?
G.E. [Sonríe] Sí, era mi ídolo. Yo estaba enamorada de Joselito, fue mi primer amor, me aprendía sus canciones. Mi abuelo me llevaba al cine a ver sus películas y me compraba sus discos.

XL. ¿Sabe que tuvo problemas de drogas, que estuvo preso?
G.E. Sí, bueno, pero yo hablé con él hace poco, en un programa de radio, y parece que va bien. Muchos artistas tienen problemas a la hora de digerir el éxito.

XL. No sé si sabe que Joselito cantó en su día para Fidel Castro y el Ché y que vivió en Angola, cuando Cuba era garante del Gobierno local...
G.E. ¿De veras? Oye, ¡qué vida! [se ríe] ¿Y no ha escrito una biografía o algo?

XL. Sí, La jaula del ruiseñor se llama...
G.E. Ya decía yo. Eso es tremenda vida. ¡Dios mío!

XL. Usted tenía año y medio, supongo que no se acuerda, pero, ¿cómo vivió su familia la salida de Cuba?
G.E. No, pero sé que fue muy traumático para mi abuela. Yo era su primera nieta y estábamos muy apegadas. Ella tuvo que quedarse, su mamá estaba muy enferma, aunque salió años después.

XL. ¿Cómo recibía Miami entonces a los cubanos?
G.E. Mire, cuando íbamos buscando apartamento, había letreros que decían: «No niños, no animales, no cubanos». La Florida era el sur profundo, racista. Mi padre nos llevó, pero después se fue a lo de Bahía de Cochinos; simplemente dejó una nota, no dijo dónde estaba ni qué iba a hacer. Fue hecho prisionero y, una vez libre, se fue voluntario a Vietnam y volvió muy enfermo. Mi madre me llevaba de iglesia en iglesia, rezando por él. Yo no pasé hambre, pero mi madre sí, se quitaba de todo para que no me faltara a mí.

XL. ¿Heredó de su padre el anticastrismo?
G.E. Crecí con ello, sin duda, pero no me hacía falta mi padre para rechazar el castrismo.

XL. ¿Le reconoce algún logro a la Revolución?
G.E. Sí, claro, todos saben leer, la sanidad... Pero la educación es también adoctrinamiento. A los niños los usan como confidentes para saber de qué hablan sus padres. Puedes ir a la universidad, pero sólo si eres del Partido Comunista y estudiar lo que te digan.

XL. ¿Tiene amigos cubanos que no sean opositores?
G.E. [Se ríe] No hay cómo negarlo, la política separa a la gente, pero hoy en día no somos ya tan monolíticos como se piensa. Yo veo diversidad de opiniones en el exilio. Los primeros pensaban muy parecido, porque salieron del país con la esperanza de recuperarlo. Yo crecí en una democracia; en primaria ya oía hablar de diferencias. No veo las cosas como mis padres. El exilio es plural; los medios sólo reflejan lo más extremo.

XL. ¿Se puede disentir en el exilio?
G.E. Mire, en los 90 yo escribí al Herald porque habían botado [expulsado] a una mujer de una comisión por sus opiniones. El hombre que la echó era un judío cuya circunscripción era La Pequeña Habana. Dependía del voto cubano y hacía lo posible por congraciarse. Me pareció peligroso que alguien perdiera su trabajo por decir lo que pensaba. Se publicó la carta y se formó un revuelo tremendo, pero fue bueno para la ciudad, mucha gente se animó a expresar sus ideas. Claro, aunque no es como en Cuba, allá te encarcelan si disientes.

XL. En sus canciones se mete a menudo en honduras políticas, algo poco frecuente en los géneros latinos...
G.E. No tengo ideas políticas, pero sí opiniones sobre temas sociales, de justicia. Siempre expreso la nostalgia por un país que no conozco. Canto de pueblo a pueblo, pensando en un futuro en que se olviden los odios. Porque todos, los que estamos fuera y los de dentro, amamos Cuba. He cantado a todos los públicos del mundo menos al mío. 50 años después, sigo exiliada.

XL. ¿De no ser por la música, tendría Cuba tan presente en su vida?
G.E. ¿Sabes qué? Si me hubiera criado en Cuba no me sentiría tan cubana [ríe], no le daría tanta importancia. Pero mis padres se aferraron a esas ideas, pensando que volveríamos en tres meses. Siempre le digo a mi mamá que se tragó a José Martí antes de venir de Cuba [risas], porque ser más cubana que ella es difícil.

XL. De hecho, entonces había otra dictadura, la de Fulgencio Batista. ¿Hay quien aún reivindica aquello?
G.E. No, no... Sería absurdo. Hay que crecer y evolucionar. Los errores que llevaron a Castro al poder no se pueden repetir. Cuba debe analizar sus opciones. Ahora desaparece Castro y no saben qué hacer, porque han estado 50 años congelados ahí, ¡imagínese, en pleno trópico! [se ríe]. No pueden adoptar el sistema de EE.UU. o el europeo. Necesitan una nueva vía que mejore su economía, evolucionar hacia un futuro que permita al país sobrevivir.

XL. Muchos miran Miami con miedo. Si la isla adopta el libre mercado temen que el exilio lo compre todo...
G.E. Habrá quien querrá recuperar lo que le quitaron. Pero no se puede ir a una casa donde viven diez familias y decir: «¡Todos fuera, esto es mío!». No hay nada que quiera quitarle a Cuba ni llevarme de allí.

XL. ¿Qué haría si, de repente, mañana cae el régimen, se organizan elecciones y puede volver?
G.E. Mi único sueño personal y profesional es actuar en una Cuba libre. También mostrarles a mis hijos de dónde venimos. Por supuesto, allí estaré, apoyando, si no estoy muy vieja [se ríe]. Sería difícil vivir en otro lado que Miami, porque ésa es mi casa. Tan difícil como fue para mi madre irse de Cuba.

XL. En Cuba usted es considerada una «cantante subersiva». ¿Le agrada la etiqueta?
G.E. Para mí es absurdo, porque mi música no es política. Una vez conocí en España a un locutor cubano al que le habían dado una paliza por poner mis canciones. Pero hay personas que me han dicho que en algunos hoteles ponen Mi Tierra. Hace poco fue una amiga cubana allá y preguntó a un grupito en un bar que si sabían Mi Tierra. Le dijeron: «Ven en un par de años y a lo mejor te la podemos tocar» [se ríe].

XL. En 1990 sufrió un accidente y a punto estuvo de no volver a actuar. ¿Pensó que todo se acababa?
G.E. Haber sobrevivido a ese accidente, cuando pasan cosas como lo de ayer [el avión de Spanair], me hace verlo de otra manera. Te digo por qué. Yo estaba despierta cuando el autobús chocó. Todos lo estábamos. Sin embargo, nadie se acuerda del momento del choque. Creo que tenemos una válvula que Dios, en su misericordia, nos ha puesto, que cuando vamos a atravesar un trauma tan grande, perdemos la consciencia en ese momento. Quizá, incluso, las personas que van a morir dejan su cuerpo antes de que se consume la tragedia. Para los familiares es algo horrible porque ya no están sus seres queridos; no sirve de mucho consuelo, pero sí les puedo decir que no sufrieron lo que imaginan que sufrieron.

XL. ¿Qué sintió al abrir los ojos?
G.E. Me vi paralizada, no sabía qué había pasado. Pensé: «¿Hubo una explosión?». Gracias a Dios me dolía y supe que no me había cortado la espina dorsal. Sabía cómo era, mi padre estuvo en silla de ruedas muchos años. Si no sentía nada, no habría esperanzas.

XL. Curiosamente, esa gira se llamaba Get On Your Feet World Tour [Ponte en pie] y usted se recuperó pese al diagnóstico. ¿Qué lecciones aprendió?
G.E. Fue como un enorme despertar. La gente rezó por mí en todo el mundo. Sentía como una energía física a mi alrededor, las oraciones de la gente, como si estuviera enchufada en la pared a 220. Veía a mis familiares llorando, pero me sentía esperanzada, fuerte, todo lo podía. Pensaban que deliraba, porque el doctor les había dicho la `supuesta´ realidad médica. Tenemos mucho poder como seres humanos y ésa es una lección muy valiosa. Usaba mi meditación, me imaginaba reconectando mi columna. Era más fácil quedarme acostada, dolía mucho pararme, así que me decía: «Si no lo haces, mañana será más difícil e irás a peor».

XL. Su hija Emily nació en 1994, 14 años después de su hijo Nayib. ¿El accidente influyó en ese retraso?
G.E. Claro, cambiaron todos los planes. El plan era terminar la gira y buscar otro bebé. Tardé más de un año en subir a un escenario, lo que ni siquiera estaba en mis planes. Sólo quería caminar, sabía lo que supone para la familia una persona paralítica. Me dije: «Voy a poner todo mi esmero». Cuando vi que podía regresar, pensé: «Quizá esto me sucedió para ser un ejemplo para otras personas, para que tomen las riendas de su vida». Así, regresé a los escenarios. Fueron dos años en los que físicamente me sentí al máximo. Empecé a tratar de tener el bebé, un año nada y luego otro de pruebas. Nació casi cinco años después del accidente. Fue un milagro, pensaban que no podría ser madre de nuevo. De verdad que fue un regalo grandísimo.

XL. ¿Tenía miedo a bailar, a no volver a ser la misma en escena?
G.E. Si te digo la verdad, me entrenaba como si fueran unas Olimpiadas. Sabía que podía, que lo iba a hacer.

XL. ¿Cómo fue esa `primera´ actuación?
G.E. Fue eufórica, no me acuerdo de las dos horas del show, pero, de verdad, será muy difícil que alguien sienta lo que yo sentí aquella noche. En todos los aspectos: personal, de haber logrado algo que, me dijeron, era imposible, de los fans, del amor que recibí en todo ese tiempo... Fue algo muy, muy especial.

XL. En el amor, al menos, no ha sufrido mucho, ¿verdad?
G.E. He tenido mucha suerte, claro que sí. Vamos a cumplir 30 años de casados en septiembre.

XL. ¿Se enamoró de Emilio nada más conocerse?
G.E. Como al año. Porque él tenía novia cuando yo [se ríe]... Tenía una novia mayor. Él, 22 años y ella, 36.

XL. ¿La dejó por usted?
G.E. [Girando la cabeza; tímida] Creo que al principio no quería romperme el corazón. Fue mi primer y único novio y era mi jefe, para complicarlo más. Empezamos a salir al año de conocernos y al de dos nos casamos. Nos bendijo el mismo sacerdote que casó a mis padres en La Habana.

XL. ¿Será ésta, de verdad, su última gira?
G.E. Es difícil decirlo porque los fans se vuelven locos, pero se me hace imposible estar 16 meses fuera de casa. Quiero estar con mi hija. Y ya tenemos demasiadas cosas, abrimos nuestro tercer hotel, el noveno restaurante, estoy con mi tercer libro para niños, una película sobre Connie Francis… Seguiré actuando, actos benéficos y así, pero esta es la última gira.

XL. Actuó para Juan Pablo II, por su 50 cumpleaños. ¿Mantuvo una relación con él más allá de aquel acto?
G.E. Sí. Tenía un aura de paz total. Yo no soy de poner a nadie en un pedestal, todos somos humanos sobre la Tierra, aprendiendo una lección, enseñando otra, pero me impresionó. Me llamó para que lo acompañara a Cuba. Le dije que eso convertiría en algo político un viaje que debía ser espiritual. La gente le necesitaba y, si yo iba, tendría que hablar contra el régimen. Bueno, primero si me dejaban entrar [se ríe]. Lo entendió perfectamente. Mi presencia podía haber causado reacciones violentas. La violencia nunca lleva a nada.

XL. [Entra una ayudante para avisar de que se acaba el tiempo] Sólo dos preguntas más...
G.E. No, no. Está bien, dele, dele. Con mucho gusto.

XL. ¿Qué cree que mueve más el mundo, la política, la religión, el sexo, el dinero, la música...?
G.E. ¡Uuuu! Sin duda el sexo [se ríe]. No el acto en sí, sino el deseo. El deseo mueve al mundo. ¡De qué manera! En EE.UU. en el momento en que no eres deseable, ¡pum, fuera! Los latinos veneramos a nuestros viejos, lo hacen todas las culturas del mundo, salvo Occidente. Es terrible. Así que ya le digo, el deseo mueve el mundo, y el dinero, claro [risas].

XL. ¿Tiene algún lema vital?
G.E. Cada día uno está más viejo o muerto [se ríe], así que disfruta cada segundo. Es lo que hago yo.

Fernando Goitia

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